El chofer del Uber es un brasileño que vive desde hace dos décadas en Miami. Las dos recepcionistas del hotel donde te hospedás son argentinas. La moza del restaurante nació en Colombia. Caminás por South Beach, entre playas, hoteles y restaurantes, y los carteles están escritos en español. Después de casi un mes recorriendo Estados Unidos para cubrir el Mundial, ninguna ciudad remite tanto a América Latina como Miami.
Cerca de siete de cada diez habitantes son hispanos o latinos y más de la mitad nació fuera de Estados Unidos, según datos del Censo estadounidense. Esa identidad atraviesa la vida cotidiana. Se percibe hasta en las conversaciones que se cruzan mientras se espera el rojo del semáforo.
Esa familiaridad explica por qué miles de argentinos la eligen para empezar de nuevo. Algunos llegan escapando de una crisis económica. Otros, de la inseguridad. También están quienes buscan un horizonte profesional distinto. Desde Argentina, Miami suele aparecer asociada a las playas, las palmeras, los edificios frente al mar y una vida de prosperidad casi automática. Quienes ya atravesaron el proceso migratorio describen a LA GACETA una ciudad bastante más compleja: una que ofrece oportunidades, pero exige pagar un costo que pocas veces aparece en las postales virales de las redes sociales.
El sueño de empezar de nuevo
Después de la crisis de 2001, Miami se consolidó como uno de los principales destinos de la emigración argentina hacia Estados Unidos. Con el paso de los años siguieron llegando nuevas camadas, empujadas por distintos motivos, hasta conformar una de las comunidades argentinas más numerosas del país. La ciudad cambió, también los gobiernos y los motivos para emigrar, pero la idea de empezar de nuevo sigue siendo el denominador común.
La tucumana Lourdes Álvarez Farhat dejó una vida que sentía encaminada. A los 27 años era diseñadora de moda, daba clases en la universidad y ya había conseguido cierto reconocimiento dentro de la industria textil de la provincia. Emigró en 2021 junto con su marido convencida de que, al tratarse de una ciudad latina y con familiares instalados, la adaptación sería relativamente sencilla. Esa expectativa, admite hoy, duró poco.
"Quizás fui un poco ilusa al principio. Uno ve cómo triunfan los extranjeros en el exterior y piensa que las cosas se dan más fácil. Miami es muy linda por fuera, pero cuando vivís acá entendés que es una ciudad cara, muy exigente, muy competitiva. Nada está garantizado", dice.
Durante los meses que esperó el permiso para trabajar, cada salida implicaba hacer cuentas. "Sentía que hasta respirar me costaba plata", recuerda. Cuando finalmente consiguió empleo descubrió que el verdadero desafío no era trabajar, sino aceptar que debía empezar de cero. "Yo en Tucumán tenía una vida. Era profesora. Un año después estaba doblando pantalones en Zara. Era una lucha constante conmigo misma de decir: '¿Qué carajos hago acá?'. Todo eso, psicológicamente, fue muy duro", confiesa.
A esa sensación se sumaba otra. "Te sentís muy miserable al principio. Ves cómo todos avanzan, cómo todos crecen, escuchás cuánto cobran otros y vos, que recién llegaste, te sentís muy inferior", describe. "Tenés que aprender cómo se trabaja acá, cómo se habla profesionalmente, cómo se negocia, cómo se manejan los tiempos, los sueldos, los alquileres, el seguro de vida, el seguro del auto... todo", enumera.
Esa experiencia terminó llevándola a empezar terapia. Cuatro años después sigue sosteniendo ese espacio que considera una de las herramientas que más la ayudó a atravesar la migración. Con el tiempo volvió a insertarse en la industria textil y empezó a percibir su recorrido desde otro lugar.
"Miami me dio muchísimo. Me dio independencia, crecimiento profesional, oportunidades y una versión de mí mucho más fuerte. Me enseñó a resolver, a moverme, a hablar con gente de todo el mundo y también a valorar el privilegio de haber llegado a este país en un avión. Acá conocés historias de personas que atravesaron la selva y llegaron casi caminando", reflexiona.
Por eso, cuando un argentino le pregunta si conviene emigrar, evita responder con frases hechas. "Que no se queden solo con la imagen de la playa, las palmeras, los restaurantes lindos y Ocean Drive. Acá la vida parece perfecta, pero es una vida de muchísimo esfuerzo, alquileres altos, mucho trabajo, mucha competencia. Es una adaptación constante", aconseja.
El precio de quedarse
Si Lourdes representa a quienes emigraron en los últimos años, Gonzalo Fernández (43) pertenece a otra generación. Tenía 19 años cuando dejó Monte Grande, en el sur del conurbano bonaerense. Mientras la crisis de 2001 empujaba a miles de argentinos a buscar oportunidades fuera del país, terminó la secundaria y viajó para reunirse con su familia, que ya se había instalado en Miami.
Empezó trabajando en estaciones de servicio, restaurantes y como repartidor hasta que creó Gonzos Empanadas, un emprendimiento especializado en empanadas argentinas que hace nueve años administra junto con su esposa. El negocio nació de manera casera, sobrevivió a la pandemia y terminó consolidándose con un local propio en el sur de Florida.
"Acá vivís para trabajar. No es como en Argentina, donde se trabaja para vivir. Si tenés un negocio y no le dedicás todo el tiempo posible, es muy difícil sostenerlo", cuenta. Las jornadas de doce o trece horas son habituales. "En Argentina siempre había tiempo para hacer algo. Acá tenés que sacar turno hasta para juntarte con tus amigos", compara. Las juntadas quedan reducidas a unas horas los sábados por la noche, cuando el cansancio ya no deja margen para otra cosa.
Néstor Miotti (38) y su esposa tampoco emigraron por falta de trabajo: los dos tenían empleo en la Argentina y, según aclara a este diario, no atravesaban un mal momento económico. La decisión se concretó después de sufrir distintos hechos de inseguridad y de preguntarse qué futuro querían para sus tres hijos. Ya instalado en Florida, fundó ChurroWorld Co., una marca de churros gourmet inspirada en recetas argentinas que nació durante la pandemia y que hoy funciona con locales propios y un modelo de franquicias. Encontró en Miami esa tranquilidad que buscaba, pero también un ritmo de vida distinto.
"No te podés dar el lujo de no trabajar un día. Hay que estar continuamente creciendo porque la competencia es muy grande", resume. Cuenta jornadas que pueden extenderse hasta quince o dieciocho horas cuando el restaurante lo necesita. "Si bien uno vive en el paraíso, en el sueño americano, si no le estás atrás y no te esforzás, como en todos lados, y realmente no tenés un objetivo claro, es muy difícil que te vaya bien", advierte.
El costo invisible
Ninguno de los entrevistados pudo vivir el partido de Argentina frente a Cabo Verde como lo había imaginado: estaban trabajando cuando la Selección salió a la cancha. Las entradas oficiales partían de valores elevados y en la reventa podían duplicarse o triplicarse, volviéndose inaccesibles. Gonzalo lo vio entre pedidos de empanadas; Néstor mientras entraba y salía de la cocina de su restaurante; Lourdes tampoco pudo desprenderse de su rutina laboral.
"Cuando terminó el partido, ya no pude ver los últimos casi 10 minutos, los más emocionantes, porque empezaron a llegar más clientes al restaurante. Me quedó una sensación de mucha bronca y tristeza, de decir: 'La puta madre, tremendo momento me perdí, están todos los argentinos celebrando y abrazándose y yo estoy acá trabajando'. Sentí bronca de haberlo vivido así, tan fragmentado. Esa escena resume bastante lo que es vivir afuera: podés estar construyendo una vida muy linda, pero al mismo tiempo hay momentos en los que sentís clarísimo todo lo que dejaste", dice Lourdes.
Los tres coinciden cuando hablan de lo que más cuesta: cumpleaños familiares, sobremesas, domingos con amigos y de una sensación extraña. No se sienten completamente de acá, pero tampoco de allá. "Emigrar no es cambiar de país. Es extrañar, reinventarse, perderse momentos, sentirse solo y construir una red nueva desde cero", agrega ella.
A ese costo emocional, Gonzalo dice que en los últimos años se sumó otro. Después de casi un cuarto de siglo en Miami, asegura que el clima cambió para la comunidad inmigrante desde el regreso de Donald Trump al poder. Describe una sociedad más polarizada, de controles más frecuentes y de una creciente desconfianza hacia los latinos. Incluso cuenta que llegó a evaluar mudarse a Costa Rica junto con su familia.
"Es un país que amo porque me abrió las puertas. Pero en los últimos años se volvió mucho más pesado para la comunidad inmigrante. Ya no pasa solamente por tener o no tener papeles. Hay mucha discriminación, mucho problema de portación de cara. Te ven cara de latino y ya te paran para hacerte un control. Eso no está bueno en un país que dice promover la libertad", dice.
Miami sigue siendo una ciudad donde un argentino puede pasar un día entero hablando solamente en español. Quizás por eso miles la eligen para volver a empezar. Pero quienes ya hicieron ese camino coinciden en que la verdadera dificultad no es el idioma, sino aceptar que construir una nueva vida implica asumir costos que solo conocés una vez que estás ahí poniendo el cuerpo, aunque sea a metros de una playa paradisiaca.